La Llama del Saber

La idea del fuego como germen de la vida es tan antigua como el Zoroastrismo, la religión de la antigua Persia que hizo famosa Zaratustra y que está vinculada, posiblemente, con el judaismo además de con el mismo Platón. Dios es la llama que arde en los montes y en el templo, pero también es el fuego la metáfora del alma o del espíritu vital que nos anima. El conocimiento es una forma de acercarnos no sólo a lo divino sino también a dicha llama, y a la pasión tanto por el mundo que nos rodea, como por el instinto de recrear nuestra vida para germinar otras nuevas. De ahí que el fuego no sólo sea eterno sino también atemporal, al mismo tiempo creación interna y manifestación externa.

El ser humano ha sabido y registra conciencia de dicho conocimiento desde que se convirtió en Homo Sapiens como muy tarde. Sin embargo, la arrogancia a la que dicho conocimiento nos aboca lleva a que generación tras generación, y civilización tras civilización nos creamos ser el último y más elevado reducto de nueva y renovada sabiduría. A veces, dicho orgullo desmedido nos lleva a descartar como defectuoso el saber de generaciones anteriores o pueblos vecinos. Este orgullo es universal, no es racista ni diferencia credos religiosos ni profanos y sólo se puede mantener a raya a través del continúo esfuerzo que requiere el ejercicio de la humildad.

El siglo XVIII en Europa coincidió con determinados avances tecnólogicos que dieron paso a la Revolución Industrial y la mejora de la expectativa y calidad de vida de miles de millones de personas a lo largo y ancho del globo. Dichos avances no surgieron de la nada, sino que son el fruto de una evolución del saber y el ejercicio de la ciencia desde el comienzo de la Humanidad. Otras civilizaciones habían alcanzado avances comparables mucho antes que la europea, y de alguno de ellos, como el papel y la tinta del Lejano Oriente, se nutrió el corazón de dicha Revolución.

De forma paralela a dicho conocimiento formal y a los avances tecnológicos y sociales que le siguieron, en todas las regiones del mundo civilizaciones y grupos de personas han desarrollado un conocimiento detallado y una forma de relacionarse con el entorno que forma parte no ya de su historia sino de la historia misma de los ecosistemas naturales de los que formamos parte y con los cuales interactuamos cada minúsculo segundo de nuestra existencia. El uso de hierbas medicinales, ejemplificado en las propiedades anti-inflamatorias del romero, o las calmantes de la camomila, son fruto de dicho saber, como lo es la rotación de cultivos, el barbecho y el uso del fuego provocado como parte de la agricultura es otro.

Es aquí donde la arrogancia de una Ilustración surgida de individuos formados entre libros y a menudo en ciudades, se convierte en el arma letal que ha derivado, a pesar de los continuos avisos de la comunidad científica desde mediados del siglo XX, en las conflagraciones que en estos momentos han destrozado las casas, pueblos y montes de cientos de miles de personas en nuestro país. Stephen Pyne, un académico norteamericano recientemente jubilado, dedicó su vida a estudiar la relación entre el fuego y el ser humano a lo largo de la historia de la Humanidad y a través de los cinco continentes. En su artículo sobre la ecología del fuego en la Península Ibérica, explica como los funcionarios ilustrados abocaron a España a los incendios que hoy en día vemos y que él detalló minuciosamente mucho antes de que hubiesen empeorado hasta los ecosistemas píricos que nos asolan en estos momentos y que constituyen una auténtica tragedia, la cual utilizan tanto políticos como periodistas para fines mediáticos y propagandísticos.

https://www.stephenpyne.com/bio.htm

El fuego no es sólo consecuencia del cambio climático: también es su causa, y es ahí donde nos resulta difícil comprender nuestra propia historia ecológica sin una reflexión tan necesaria como difícil: ni el cazador, ni el campesino son el enemigo acérrimo de la naturaleza que nuestro adorado y eternamente recordado Félix Rodríguez de la Fuente parece pintar en alguno de sus programas, no sin cierta razón cuando denunciaba el uso de venenos contra la fauna silvestre. El cazador somos todos, de una forma u otra necesitamos alimentarnos para comer y, tal y como el famoso experimento de la repoblación de lobos en Yellowstone ejemplifica, la existencia de grandes predadores, el eslabón más alto de la cadena trófica, es un signo de salud de un ecosistema. El hombre no es más que un gran predador. Lo que nos hace peligrosos no es nuestra naturaleza humana, sino el orgullo desmedido que dificulta la reflexión e intenta culpabilizar al otro antes que buscar la solución.

Durante miles de años, el hombre ha usado el fuego y la quema controlada de maleza o montes como parte de su relación con el entorno. Los científicos ilustrados, tan versados en materias tecnológicas y de ingeniería no fueron capaces de entender y respetar el conocimiento ancestral de sus congéneres en los pueblos remotos de nuestra península y prohibieron la práctica de las quemas como retrógada y anti-científica.

A partir de ahí, se fueron añadiendo sartas de error tras error a las normativas que regularon el monte no ya como uso y provisión de materias primas y fuente de ingresos para los habitantes de los pueblos, sino como objeto de disfrute vacacional para los habitantes de las crecientes urbes en las que la densidad de población y la cantidad de capital disponible para su uso en las nuevas vacaciones y ‘tiempo libre’ generaron la industria del contacto con la naturaleza bucólica los fines de semana. Entre estas normas encontramos algunas tan peregrinas como la prohibición de recoger piñas, que son semillas altamente adaptadas a la supervivencia de incendios forestales. Quizás el pequeño detalle científico de que las resinas que protegen a dichas semillas requieren altas temperaturas para germinar (200 ° C en laboratorio ) y que lo hacen a través de una pequeña explosión, la cual en montes que no se gestionan, en los que no se recoge madera ni maleza ni piñas todo ello se convierte en masa pírica: alimento para unos incendios cada vez más inmensos y difíciles de controlar. Pero están otras, como la prohibición de recoger leña de las mancomunidades sin haber pagado antes impuestos que lo convierten en prohibitivo. La prohibición de limpiar el monte si linda con un río, a pesar de que dicha limpieza acabaría beneficiando también a la cada vez menos diversa fauna de nuestros regatos. En fin, la lista es grande y Juan, de DesbroPonte, lo explica perfectamente en el siguiente vídeo.

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Desde 2005 este conocimiento ha ido comenzando a dispersarse gracias a las redes sociales y a algunos diarios que han sido lo suficientemente valientes como para informar a sus lectores, en lugar de manipularlos a través de la politización y transmisión directa de medias verdades que contribuyen a la ignoracia de aquellos que tienen la desgracia de preferir alinear su espíritu con una determinada causa política en lugar de con el entorno y la sabiduría que les rodea.

Cada año aparece un nuevo culpable, siempre de la orientación política incorrecta: el cambio climático, la negación del cambio climático, el paisano que desbroza su finca, el que no la desbroza, un poste de alta tensión en desuso, otro en uso, el tonto del pueblo al que acusan de pirómano, las inmobiliarias, las madereras… Cada ignorante desinformado tiene su propio demonio al cual culpar.

Y mientras tanto, el verdadero saber, aquel que cuidaba nuestros montes, ése, no volverá.

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