De todas las conductas humanas en los días que siguen a una catástrofe destacan aquellas que están orientadas a evitar que se repita en un futuro, las que se orientan a entender las reacciones de los distintos actores en el medio de una tragedia en evolución segundo a segundo – el tiempo es elástico en estos momentos, un seguro internamente se multiplica por cuatro, imagino que para permitir al cerebro tomar la decisión adecuada – y aquellas que se encuadran dentro del concepto universal expresado en hebreo como Lashon hará, o crítica destructiva.
En la siguiente imagen observamos que en un minuto y medio, la temperatura de la sala de baile subterránea de La Constellation en el pueblo de los Alpes suizos de Crans-Montana, pasó de unos 25 grados a 1000 °C, momento en el cual se produce una explosión espontánea debida a la acumulación de gases tóxicos en un espacio cerrado.

Los chicos que filmaron el comienzo del incendio no eran unos adictos a las redes , anulados por las mismas y robados de su capacidad de decisión, sino personas atrapadas en una trampa mortal.
Por otro lado, numerosos estudios del comportamiento de las personas durante los momentos que preceden a una catástrofe, y ya anteriores pero también observados durante el ataque yihadista del 9/11, y en los cuales se basan los protocolos de evacuación de incendios, aviones, etc., demuestran que las personas necesitanos varios segundos para evaluar la situación. También explican que el cerebro humano, en ausencia de una persona que lidere la evacuación, intenta ajustar sus observaciones a una situación de normalidad. En condiciones en las que no existe o se sigue un protocolo, un 98% de las personas intentarán normalizar el fenómeno que observan, por muy extraño o peligroso que éste parezca. Es aquí donde por defecto se pierden segundos fundamentales y dónde en aquellas situaciones en las que un adulto se hace cargo es posible salvar un número de vidas relativo a la situación.
Es aquí dónde falló la gestión del local; el resto de los fallos estructurales y normativos deben ser investigados por las autoridades correspondientes. Tanto los camareros como el encargado debieron de haber cortado la música inmediatamente, las alarmas contra el fuego debieron de haber saltado y quizás se hubiese podido salvar alguna vida más, dadas las exactas circunstancias en las cuales sucedió la tragedia.
Por tanto, todas aquellas personas que critican a los jóvenes por seguir grabando o por no huir del fuego inmediatamente están simplemente cotilleando de forma destructiva y ausente en su totalidad de validez científica, a chicos y chicas que, desgraciadamente, han perdido la vida y no pueden dar explicaciones.
Poco podemos hacer ni por ellos ni por sus familias, pero dice mucho de nuestra intención personal el que nos dejemos llevar por el bajo instinto de la palabra como elemento destructor, en lugar de utilizar su poder como generador de empatía y construcción de resiliencia social.

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