El título no sólo quiere hacer referencia a la bella canción de la igualmente bella Aretha Franklin, en el contexto de una relación de pareja, lo cual enlaza perfectamente con las venideras celebraciones del 25 de noviembre. También es una introducción a una de las nociones más fundamentales en todas las interacciones que llevamos a cabo día a día los seres humanos en una serie de contextos y situaciones imposibles de definir en un mini ensayo de bloguera a tiempo parcial.
El sentido común y el cariño nos inculcan el necesario respeto de cara a nuestros progenitores, que sólo se ve truncado en circunstancias de estrés, borbotones de desarrollo hormonal o debido a circunstancias extenuantes en las cuales dichos progenitores no han sabido en su inmensa humanidad a veces reducida a fórmulas, inculcar dicho cariño con su ejemplo.
Precisamente debido a la complejidad del desarrollo humano, un ser esencialmente tribal y cotidianamente social, las diferentes culturas y religiones que conozco han ido elaborando en su credo pequeñas y simples pero elocuentes y firmes frases que recuerdan a los retoños en sus momentos rebeldes la extraña realidad del amor en familia: «Respetarás (u honrarás) a tu padre y a tu madre». De la misma forma que nos recuerdan cosas tan esencialmente sencillas e instintivas como «No robarás», «No matarás» o «No codiciarás la mujer (pareja) del otro».
Este primer encuentro en el acogedor seno familiar con la noción de respeto se trasladará después al respeto por el maestro. Como alumnos le debemos el debido respeto a nuestros maestros, ya sea aquellos que nos enseñaron a leer y a escribir, como a aquellos que nos inculcaron el amor por un deporte o actividad artística.
¿Por qué entonces se convierte en un conflicto el respeto en las escuelas o en los campos de fútbol?
Quizás sea porque nos hemos vuelto todos algo quejicas y quizás sea porque, de forma anodinamente humana y por una variedad de razones diferentes, nos hemos ido alejando de las verdaderas nociones de respeto en nuestras interacciones con el alumnado, que, más allá de la educación obligatoria y al igual que sucede con los adolescentes en su casa y en el mundo, dejan de ser personas tuteladas a ser una especie de compañeros extraños de trabajo: ellos estudian por voluntad más o menos propia y nosotros enseñamos por tres cuartos de lo mismo.
Pasemos para hacer una analogía de la época, al tema del 25 de noviembre. Todos y todas sabemos ya que la violencia va mucho más allá del abuso de la fuerza física para hacer daño a nuestra pareja. Los insultos son violencia verbal y el continuado sarcasmo o la crítica constante violencia emocional. Podemos pasarnos años debatiendo el tema, usando refranes como: «Falan os ghalos en Baio, as ghaliñas en Baíñas, tamén falan, no Inferno, as linguas das malas veciñas» o «La lengua no tiene dientes y más que ellos muerde». Pero la realidad de los dichos populares ha sido ya ampliamente demostrada con estudios de neurología en los que, por ejemplo, se ha demostrado que el cerebro interpreta una afronta verbal, como insulto, o moral, como las malas notas de tu hijo, de exactamente la misma forma que interpreta el dolor físico. Es decir, realmente, tanto las palabras, como los disgustos, «duelen», llegando en ocasiones el disgusto o el dolor a causar la muerte, o bien de la persona afrontada o de alguien que se ha cruzado de una o forma en el camino de unas emociones desbocadas y mal gestionadas.
De la misma forma, el respeto que se merecen los alumnos se ve a veces violentado de forma regular o incluso constante por los mismos profesores que al minuto siguiente exigimos el más exquisito respeto de nuestros alumnos.
¿Cómo le falta el respeto a un alumno o alumna un profesor? Pasemos a enumerar sencillamente una pequeña lista de «microagresiones» del profesorado hacia sus alumnos de las cuales a veces somos conscientes, pero muchas veces celestialmente ignorantes:
Llegar tarde a clase.
Salir tarde de clase.
Llegar a clase con la lección sin planificar. Creo que a estas alturas ya todos sabemos que, independientemente de requerimientos administrativos burocráticos futiles, planificar una clase es algo más que pensar: «¿Y ahora qué hago hoy (mañana, pasado, la semana siguiente, etc)?». Planificar implica dedicar un esfuerzo constante, regular y rutinario a asegurarse de que los objetivos se ajustan a las necesidades y capacidades de los alumnos y del curriculo, concretar los tiempos que va a llevar cada paso, las explicaciones que se van a dar, los resultados más o menos esperados, etc.
Si nos sobra o falta el tiempo, si los alumnos se muestran perdidos, si durante el trabajo en grupo uno o dos alumnos de todos los grupos están perdidos o aburridos… No debemos sentirnos culpables, eso no conduce a mejorar, pero sí quizás debamos replantearnos o bien los métodos o tareas que utilizamos, o bien la preparación a todo correr de las tareas para pasar el trago: una clase más, un día menos.
No preparar previamente una práctica de laboratorio, a no ser que ya se haya conseguido una rutina de trabajo en las sesiones previas. No llevar una copia del texto, presentación o listening, por si fallan las TIC.
Exigir de los alumnos atención plena durante un período de más de veinte minutos en los que sólo tengan que escuchar (mala planificación).
Interrumpir la clase de otro profesor para dar instrucciones de nuestra asignatura.
No presentar las fechas y trabajos de evaluación a principio de curso de forma general y luego en cada trimestre de forma concreta.
No ofrecer los criterios y rúbricas de evaluación al principio de curso y de trimestre.
Permitir a los alumnos copiar en los exámenes.
Evaluar demasiado alto.
Evaluar demasiado bajo.
Evaluar de forma personal y subjetiva (esto es difícil pero crucial).
Ser sarcástico con los alumnos desde el púlpito.
Gritar o enfadarse porque los alumnos cometen todo tipo de errores, incluso aquellos que parecen ridículos tienen siempre una explicación lógica: los profesores que creen en la inteligencia innata suelen tener predisposición para evaluar de forma injusta a alumnos con dislexia, TDA, autismo y otras diversidades neurológicas del tipo de Beethoven, Einstein o Stephen Hawking. Resulta interesante anotar que ninguno de estos alumnos hubiese salido adelante en nuestro entorno educativo de los siglos XX y XXI. Esto no es una consecuencia de un deseo innato de favorecer a unos en perjuicio de otros, todo lo contrario. Simplemente es una consecuencia de nuestras endémicas carencias en la formación de profesorado.
En fin, que después de todo esto, resulta quizás fácil de entender que ese alumno que llega tarde todos los días pueda ser tan buen alumno como el que está en su silla con la libreta abierta 5 minutos antes de que llegue el profesor. Sin tener en cuenta que, además, dependiendo de la etapa de desarrollo de la persona ambas puedan, como sucede más a menudo de lo que creemos, ser el mismo alumno.
Ser profesor es un modo de vida apasionante, pero también altamente complejo y demandante desde el punto de vista emocional. Entender esta idea de respeto como un baile de intercambios en lugar de un conjunto de expectativas unilaterales quizás pueda aliviar parte de dicha carga emocional y tener como consecuencia una mejor relación con nuestros alumnos que siempre, en un 210% de los casos, resultará en un aprendizaje más profundo, significativo y duradero.
Debemos además recordar que los alumnos, de una forma similar a los hijos con sus padres, tienen un cariño innato por el profesor o profesora,Mantenerlo siempre es más económico que recuperarlo; lo cual jamás nos librará de crueles críticas, también es una función del profesorado capear el temporal cuando llueve a cántaros o cuando orballa.
¡Felices Clases!

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