Dislexia, ignorancia y fracaso escolar

En el siguiente gráfico, obtenido de la página Hacking the Code, se explica el impacto de la falta de diagnóstico, la no intervención o una intervención mal planificada o ejecutada de la dislexia en el desarrollo personal y académico de la persona.

Un 20% de personas son disléxicas de acuerdo a la mayor parte de estudios y publicaciones internacionales. En nuestro país se habla de un 10% pero esto es porque nuestro sistema educativo no los diagnostica y porque la capacidad de decodificar textos sencillos en nuestro idioma se ve facilitada por la alta correlación entre sonido y grafía.

Esta alta correlación no ‘evita’ la dislexia, que es un patrón de organización cerebral diferente en cuanto al procesamiento de la información lingüística en el cual las áreas de Weckner y Broca son secundarias, en lugar de primordiales. Simplemente la enmascara.

La consecuencia más significativa de la dislexia es el fracaso escolar en primera instancia y las dificultades para terminar los estudios e integrarse con éxito en el mundo laboral y, por tanto, social.

Como vemos en el gráfico, a medida que pasa el tiempo la diferencia entre el alumno que lee bien y el que no va creando un hueco en el aprendizaje y el desarrollo que cada vez es más difícil de salvar y al cual se unen una serie de factores medioambientales que favorecen la desintegración entre la persona y los grupos de apoyo y/ o pertenencia. Es decir: a partir del fracaso escolar se fabrica el fracaso social y no al revés.

¿Por qué importa esto?

Porque nosotros podemos evitarlo.

Los suspensos en Educación Primaria son el detonante de problemas familiares que antes no existían y de la desestructuración del sistema interno de apoyo de la persona. El suspenso indica al alumno, compañeros, familia y centro que el alumno ‘es malo’. A los 7 años la diferencia entre ‘malo en los estudios’ y ‘mal niño’ es dificil de elaborar. En algunos entornos sociales incluso los adultos evitan que sus hijos pasen el tiempo libre con los niños que ‘llevan malas notas’. Cruel pero cierto.

La fábrica de suspensos es la fábrica del fracaso escolar, entendiendo como tal el fracaso a la hora de diagnosticar e intervenir de forma efectiva.

La construcción de un sistema educativo que premia de forma exclusiva los resultados en los exámenes como marcador de éxito es el gran fracaso del siglo XX a nivel global.

Por muy polémicos que sean, estudios comparativos a nivel internacional como el PISA nos proporcionan datos de gran valor si los utilizamos para crear cambios significativos en la forma de enseñar, evaluar y diseñar centros de enseñanza en lugar de para intentar escalar puestos, ya que las razones por las que un país genera unos datos determinados son complejas.

En Educación Secundaria Obligatoria, las alarmas brillan en rojo desde el primer curso. A menudo desde el primer día. Si un alumno te dice que se le da mal el inglés, escúchale. En un 80% de los casos esos niños y niñas que vienen con muy mala base de primaria son los disléxicos que no han sido diagnosticados.

Todavía no tenemos en curso un sistema que permita apoyar de forma específica a un 20% de los alumnos. Tampoco de ‘encontrarlos’.

Comentarios tan ignorantes pero mediáticos como los de Arturo Pérez Reverte el verano pasado hacen un gran daño, no solo porque generan polémica en los lugares equivocados, sino porque re-dirigen la atención del público, el profesorado y la clase política hacia una regresión que frena cualquier tipo de avance.

No es nuestro deber generar notas, sino enseñar. Para ello debemos de entender y conocer no sólo nuestra materia, sino también la forma de enseñarla y a nuestros alumnos.

Lo contrario nos lleva a la triste situación de centros de menores en los cuales más del 80% de los chicos son disléxicos sin diagnosticar.

El trauma provocado por prácticas educativas que generan desintegración social y personal es real.

Nosotros podemos cambiar esta situación. Poco a poco. Desde las aulas.

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